Julián Rodríguez

Mataron a un tipo en la esquina.

L1080031

Avenida 180 entre Padre Cardiel y Rejón. Mar del Plata.

La gente le exigía respuestas. Hacía falta saber qué y por qué había pasado. Necesitaban saber si había que ponerse triste o alegrarse. Querían cerrar el círculo abierto por la noticia. Acaso alguna muerte sería feliz. Quizá saber más podría saciar la angustia de recordarse mortal.
¿Hasta dónde es saber más?

Esa es la pregunta que hace falta; sobre qué hace falta saber, sobre quién muere o quién mata, por la causa o por la forma, por las circunstancias o las consecuencias. 
Cada quien va en busca de las respuestas que lo colmen; del cúmulo de información que la haga falta para calmar su inquietud. 
De ahí en más vendrá el argumento o la explicación del hecho que, aunque inútil en relación con lo sucedido, alcanzará para sosegar las tensiones experimentadas por quienes escucharon el aviso incompleto.

Con pocos datos y lo visto varios fueron satisfechos. Cada cual armó su historia, verdadera o no, pero que de algún modo encajaba en su justificación de los hechos.
Las respuestas eran casi un desenlace previsible de la manera en la que se ve la vida.
 Como si fuéramos a buscar a la realidad las pistas que cimienten a las pequeñas excusas que nos permitan seguir sosteniendo nuestros prejuicios.
De algún modo la sentencia ya estaba escrita. Necesitábamos buscar muletas que nos sostengan.
El muerto ya no importa, ni las causas, ni lo misterioso y menos aún lo desconocido.
Lo que queremos es no morir, ni trastabillar, ni caer, ni enloquecer.

Parece que ya no se habla del muerto.
Todo hecho es un cadáver.
 Objeto para la reflexión, atenuante de nuestros actos vergonzantes y motor de las posibles gestas heroicas o sólo convenientes. 
Una justificación de nuestros cimientos para la comprensión de todo.
Una suerte de masa amorfa que cortamos de tal manera que encaja justo en nuestros estantes.
 El occiso es la realidad y cualquiera de sus manifestaciones posibles.
Tal vez un hecho narrado con notable parcialidad, como si acaso pudiera evitarse ponerse de un lado de antemano. Quizá ya no sea la historia sobre lo sucedido, sino sólo algo hecho por alguien que tal vez ni se conozca.

Nuestros juicios ya están hechos.
Solamente necesitamos que la realidad nos facilite la construcción.
La obra de arte es todo esto.
El interés, la apatía, la sensibilidad o la capacidad analítica. La información previa y las contradicciones internas del autor y del espectador. Inclusive nuestra tolerancia a la incertidumbre.

Las sensaciones, la interpretación y la posible explicación de la obra sos vos.

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