Julián Rodríguez

Imágenes de una despedida.

El final de Edith María Castán.

Estaban saliendo los jugadores de Bélgica y Argentina a la cancha para disputar el partido de cuartos de final, cuando sonó el teléfono de casa y la voz de Enrique, el vecino y encargado del edificio donde vivía mi vieja decía que mi mamá estaba tirada en el piso, que habían tenido que tirar la puerta, que la cadena del pasador estaba puesta por dentro y que la había encontrado ahí, en el piso, junto a la cama, tirada. No me decía que estaba muerta, ni yo se lo podía preguntar, repetía que estaba muy mal, que no lo podía creer, que la había estado llamando toda la mañana y que como no atendía quiso entrar con la llave que él tenía, rompiendo el pasador de un golpe.

Le corté la comunicación segundos antes de que me empiece a temblar el cuerpo y le dije a mi esposa “la encontraron en el piso”, “a mi mamá”, “creen que está muerta”.

Tuve que llamar de nuevo porque quería escuchar que no era lo que pensaba. Intentaba agarrármela con Enrique, como si fuera él fuera el problema. Para cuando me comuniqué, él tampoco podía hablar y me comunicó con Aurora, otra vecina que también estaba dentro del departamento a la espera de la llegada de la policía. Me pudo decir que hacía diez minutos que estaba ahí dentro, viendo a mi mamá quieta, en el piso y fría. Aurora también creía lo mismo.
Les dije que salía para allá, que ni bien pudiera, salía para allá. Solamente 400km para asumir que mi mamá había muerto.

Siempre tuve fantasías con este momento o al menos recuerdo haber tenido esta idea desde pibe, cuando murió mi viejo. Desde niño recuerdo pensar entre llantos o dolor angustiante el momento de saberme huérfano absoluto. Al día de hoy no pareciera tan grave esta angustia; pero la cabeza y las ideas se están poniendo turbias y nada es lo que yo pensaba que sería. Mis hijos lloran a mi lado, mi esposa me abraza y no sé que hacer, como irme, en que viajar, cuando salir. Solamente sé que el día imaginado ha llegado y que no estoy listo para comprender lo que pasa y me pasa. Los brazos y el pecho me seguían temblando.

Le avisé a un amigo de mi infancia que vive cerca de Buenos Aires, a un primo de mi viejo, también porteño y a un amigo de mi vieja que vive a una hora de su casa.
Un amigo de Mar del Plata se ofreció para acompañarme, para que no maneje solo hasta allá, por si se me complicaba el viaje. Tenía que darle unos minutos para que organice esa noche sin trabajar y pasar a buscarlo. Me bañé, me vestí, Laura me preparó un bolso, comí una fruta y me subí al auto para salir. Tras pocos metros recorridos frené y volví marcha atrás. Sentí que tenía que llevarme la cámara compacta.

El viaje fue extraño, casi pura ansiedad, como apurado por llegar y sabiendo que ya estaba todo hecho. Recibía llamadas y mensajes al celular cada vez que pasábamos por un pueblo, ciudad o antena repetidora de señal del telefonía movil. Lo que podía resolverse a la distancia se estaba haciendo, todo menos esa turbia sensación de niebla en el pensamiento. Nada podía cambiar, solamente había que llegar a la comisaría 2da de San Telmo a dar una declaración en una causa que se había caratulado como Muerte Dudosa, curioso nombre para algo tan cierto.

Para cuando llegué a la comisaría el departamento estaba cerrado y fajado. El cuerpo ya había sido retirado por la policía científica y lo habían llevado a la morgue judicial en la que se le practicaría una autopsia para determinar la causa del deceso. Varias preguntas que tenían respuesta obvia demoraban la evolución de mi tormenta mental. Una extraña cordialidad policial barnizaba la conversación. Otras llamadas y avisos, que escuchaba en la espera, me ponían al tanto de lo ordinario y común que era para ellos, un hecho para mí tan tremendo. Tras el interrogatorio me devolvieron la llave y explicaron como seguiría el trámite. Ya podía ir a la casa de mi mamá. Estaba ansioso también por eso, quería entrar a ver algo.
Un policía había quedado en consigna al fondo de un pasillo, que al fin mostraba su lado mas tétrico, parado en la puerta para asegurarse que nadie entre a lo que había sido la casa de mi madre, nos esperaba para cumplimentar un paso más en el lento procedimiento que aún no tenía fin.

Enrique, vecino de mi mamá y Juan Carlos, su ex pareja, sumados a Walter y Flavio, amigos míos, junto a mis primos Pucho y Dani, primos de mi viejo me acompañaron para ver la casa tal como había quedado. Recuerdo que yo quería quedarme ahí y que ellos me ofrecían su casa para que nos fuéramos. El proceso de convencimiento y extracción del lugar comenzó por persuadirme de lo conveniente de ir a comer algo por ahí. Terminamos en la pizzería en la que tantas veces habríamos compartido festejos y encuentros que a la distancia no parecen tan memorables, pero quizá por su cercanía, la elegimos para un momento de esta trascendencia.
Alguno se comprometió a conseguir a alguien que se encargue de limpiar y ordenar la casa;  lo que había quedado tal como había quedado. Yo creía que lo podía hacer; pero la cordura de mis acompañantes triunfó y nos fuimos a dormir a la casa de un amigo.

En la mañana siguiente prefería seguir durmiendo, pero en algún momento había que seguir con el tema de la morgue, la entrega del cuerpo y los trámites de inhumación. Sabía que no iba a poder cumplir su voluntad de ser cremada por orden del juez y quería evitar todo vínculo con ese apestoso mundo del comercio de los cadáveres. Almorzamos con amigos en San Telmo en un bar y a la espera de poder llevar a Walter, mi amigo marplatense a la terminal de ómnibus, para que pueda volver a la ciudad feliz a sabiendas de que mi trámite iba para largo. La tarde continuó en la búsqueda de una empresa de servicios fúnebres que se encargara de retirar el cuerpo de la morgue y tenerla hasta la mañana siguiente.

Faltaba hacer tiempo hasta la hora en la que la morgue pudiera darme el cadáver. Esperamos comiendo con mi primo Pucho en otra pizzería que también elegimos por los buenos momentos allí vividos. La conversación no esquivaba los temas pero tampoco los desarrollaba. La hora y media transcurrió entre puestas al día de lo que nos pasa ahora, que ya no somos los niños que vivíamos pegados uno al otro, jugando y peleando cuando éramos pibes.

Era la hora de reconocer el cuerpo y entrar en la sensación de saber que eso era y no era mi madre. La cabeza golpeada, marcada, pegada y preparada para ser llevada tras la autopsia era el punto de aparente finalización de mis ansiedades. Una hemorragia en el cerebro era la causante de su muerte. Las causas de la hemorragia se sabrían con el correr de los análisis de laboratorio. Aún hoy no lo sé.

Pedirle al chofer de la ambulancia que me abra el cajón en la calle para poder fotografiarla era el último exceso de resguardo tras mi cámara. En cada momento de zozobra un aparatito de tecnología extranjera me amparó en la racionalidad protectora, de quien se protege con lo que puede. Llevé a Pucho a su casa y me volví al departamento a poder ejercer la soledad con mis recuerdos y el dolor que tanto cariño y contención de familia y amigos habían postergado. Ponerme a ordenar valijas, papeles y carpetas para el inicio de la mudanza fue la trinchera que puse para soportar la soledad entre tanto significado y territorio materno. Eran las 2 de la mañana cuando me dormí y las 6 y media cuando me desperté con la idea de apurar lo que quedaba.

A las 11 había que estar en la iglesia del cementerio de la Chacarita, me sobraba tiempo y elegí el camino más largo pero menos concurrido. La posibilidad de perderme se materializaba mientras observaba la extraña belleza de la ciudad de Buenos Aires en una mañana soleada mientras recordaba otras en la misma ciudad, padeciendo su sol y sus calles que en ese día, me parecían hermosas. Preguntando encontré Warnes, Jorge Newbery y el cementerio. Llegué temprano inclusive. La pérdida me parecía paradójica y cargada de algún significado que aún no descubro. Llegar a tiempo me permitió diluir otro problema menor, en el que me depositaba, como si fuera todo lo tremendo de la existencia.

Las palabras del cura, el cajón liviano a mi lado, unas flores y gente a mis espaldas acompañaban otra instancia de ausencia. Sé todo lo que hice pero no recuerdo lo que me pasaba. Quería hacerlo y ya; terminar con el asunto, como si así, en verdad acabara. La salida fue lo más rápida posible. Las despedidas en el cementerio se unían a las promesas de mis primos mayores para ayudarme a embalar algunas cajas de la casa de mamá para traerlas a Mar del Plata. Muchos coches y mucho tiempo transcurrió por ese camino largo y veloz. Daniel y Julio, primos hermanos de mi padre eran diligentes y tan compañeros míos como cuando hace más de 30 años nos veíamos casi todas las semanas.

Hablábamos con la urgencia de saber que nos vemos poco y que pasó mucho en tantos años. Casi toda pavada remitía a las distintas versiones de mi madre. Cada uno tenía una visión diferente a la mía e inclusive también opuestas entre ellas. Tuve la oportunidad de quedarme a cenar con Julio, y a pesar de lo promisorio, pacté alguna cena y/o encuentro a la brevedad, porque nos debemos historias o al menos yo siempre las espero de mis mayores.

No veía la hora de llegar a casa nuevamente, ver a mi familia en Mar del Plata y esperaba poder sostenerme; una salida complicada de Buenos Aires en hora pico es sólo normal para quienes viven allí y quería llegar a mi casa, a mi familia, verlos, besarlos y abrazarlos. Un viaje conmigo solo y mis ideas por otros cuatrocientos kilómetros me ayudaban a ordenar lo que tal vez alguna día suceda.
Mis hijos me esperaban con una sonrisa, mi esposa abrazándome como hacía tiempo que no lo hacía.

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